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10/11/2011 -  Manolo García: “Conservo el orgullo de la clase baja”

 

A Manuel García García-Pérez, hijo de labriego y nieto de aparceros albaceteños, no le gusta mencionar su edad pero se resigna: hace ya 56 veranos que vio por vez primera la luz del Poble Nou barcelonés. Nadie lo diría, porque mantiene casi intacto ese mismo aspecto de hombre campechano, mordaz y vitalista con el que se hizo popular, un cuarto de siglo atrás, al frente de El Último de la Fila. Sigue siendo ese “hombre de la calle” que sirvió de título a uno de sus primeros éxitos, y da la sensación de que, si en verdad no se llamara Manolo García, habría tenido que ponérselo como nombre artístico. “Me gusta la normalidad y conservo el orgullo de la clase baja”, proclama, una decena de álbumes después, ante el estreno de su quinto trabajo en solitario, Los días intactos. Una llamada a disfrutar de cada nueva jornada, “a desvirgarla y que el coito resulte estupendo, a que las horas buenas le ganen la partida a las malas”.

 

Habla García de sus periodos de silencio como “vacaciones de uno mismo”. Han transcurrido más de tres años desde su anterior disco, Saldremos a la lluvia, pero no parece que se haya consagrado a la holganza. A las 14 nuevas canciones en Los días intactos debemos sumar el libro El fruto de la rama más alta (Temas de Hoy), ameno cajón de sastre con letras, dibujos, fotografías y reflexiones, entre lúcidas y disparatadas, que parecen casi greguerías.

“Supongo que tengo algo de renacentista en que son muchas mis inquietudes y mis ganas de aprender”, admite. “Mi trabajo no me mata, sino que me da la vida. Me ha tocado pintar y escribir canciones. Y, según dicen, entretengo a otras personas así”.

 

Para Los días intactos le han salido bastantes poemas de amor y de su envés inevitable, el desafecto. Quizás más que nunca, aunque advierte de que casi nada debería interpretarse en clave autobiográfica. “Reincidimos en hablar sobre el amor”, matiza, “porque la solución de todo nuestro lío de sentimientos es inviable. Los seres humanos somos una madeja estrambótica, un cúmulo de despropósitos. Y en las relaciones siempre hay enconamiento. El amor dura toda la vida, un mes o un coito, pero tiene algo de todos contra todos”. Tal vez por ello una de esas nuevas canciones se titula Todos amamos desesperadamente. “Más allá del amor solo hay una verdad: procurar no hacer daño a los demás. No engañar, no mentir, no putear”, recapitula.

 

Letras diáfanas

Las letras son esta vez algo más diáfanas, aunque no exentas de hallazgos poéticos (“Suena el pájaro posado / sobre la torre eléctrica / con rotores de helicópteros tristes que se alejan”). “Mis versos surgen de una intención sincera y profunda”, sostiene, “por mucho que no resulten sencillos de comprender. A veces son irónicos, porque me gustan la farsa y el cachondeo, pero nunca cínicos. Y un poco de misterio siempre viene bien. En la poesía no debes darlo todo masticado; tampoco hace falta entenderla del todo para disfrutarla”.

Tanto tiempo después, aquel charnego que en 1986 llamaba “a las filas de la insurrección” entiende que sigue habiendo motivos “para montar un buen pollo: a la manera de Gandhi, sin dejar que nos pongan todo el tiempo la bota en la cabeza, pero sin liarnos a garrotazos”. Y sí, aparecen en su libro imágenes del 15-M porque, por muchos millones de discos que haya despachado, sigue mirando la realidad a pie de acera. “No es ninguna actitud: soy así. Me gustan ese Benedetti casero, ajeno a las poses; los versos del García Montero más callejero, el albañil del piropo saleroso y no soez, la chispa innata, el ilustrado en la universidad de la vida. Intento no alejarme nunca de todo eso. No puedo fingir que soy normal: lo soy”.

 

Fuente: El País.

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